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Fui al centro comercial con mi hija (y por qué esta vez no regresé a casa agotada)

El pasado viernes fui a un centro comercial con mi hija. Se acerca el inicio de curso, las semanas previas suelen ser un caos de preparativos y necesitábamos comprar algunas cosas.

Para ser sincera, son sitios que en un principio no me hacen mucha gracia. Cualquiera que me conozca sabe que prefiero los espacios abiertos, el silencio y la naturaleza.

Sin embargo, ya no los evito como hacía antes. He dejado de huir de ellos.

Y es que, durante mucho tiempo, ir al centro comercial era una auténtica tortura para mí.

Era cruzar las puertas automáticas y, a los pocos minutos, empezaban los síntomas: un peso insoportable en los hombros (como si llevara una gran mochila con piedras), un dolor de cabeza intenso, cansancio físico y un estado de ánimo decaído, con pensamientos yendo y viniendo sin control.

Acababa huyendo de allí totalmente vacía y agotada para encerrarme en mi cueva. Lo que hoy conozco como resaca empática de manual.

Si eres una mujer sensible y empática, sé que te has visto reflejada en mi historia mil veces. Has sentido ese agobio en mitad de un pasillo lleno de tiendas, rodeada de luces blancas intensas, música a todo volumen cruzándose entre los locales y el murmullo constante de muchas personas.

Y sé que, al igual que me pasaba a mí, te has machacado con la culpa preguntándote: «¿Por qué a mí me cuesta tanto si los demás están tan normales?».

Quiero que te quites esa culpa de encima hoy mismo: no estás loca, ni eres poco sociable, ni eres débil. Lo tuyo no es un problema psicológico, sino un diseño biológico real.

Tu sistema nervioso procesa los estímulos del entorno con una profundidad mucho mayor que la media. Tu filtro biológico deja pasar el 90% de la información ambiental.

Mientras que otras personas son capaces de ignorar el ruido de fondo, la música estridente o el barullo, tu cuerpo lo registra todo a la vez, segundo a segundo.

En un lugar masificado, tu cerebro entra en un estado de sobreestimulación pura y quema toda tu batería energética por un simple instinto de supervivencia.

Tu sistema colapsa porque entras allí como una esponja desprotegida, con todas tus ventanas abiertas de par en par y permitiendo que tus niveles de energía tengan fugas invisibles.

¿Qué cambió exactamente el pasado viernes para que pudiera disfrutar de la tarde con mi hija y regresar a casa con mi paz intacta?

Cambió que dejé de ir desprotegida. No fui como una víctima de mi empatía; fui como una Soberana de mi Energía.

Antes de salir de casa, hice un pacto con mi cuerpo. Realicé mi práctica diaria para cerrar las fugas de energía, activé mi Burbuja de Luz Dorada para crear un filtro inteligente que dejara pasar el amor, pero bloqueara la toxicidad, y mantuve mis raíces firmes en la tierra durante todo el paseo (enraizamiento). Al regresar, mi hogar me recibió como un templo limpio, y me regalé diez minutos de bendito silencio para descargar el día.

No tenemos que escondernos del mundo para estar a salvo, ni tenemos que renunciar a acompañar a las personas que amamos a sus recados cotidianos. El mundo va a seguir yendo rápido y haciendo ruido, pero tú puedes elegir cuándo abrirte y cuándo blindarte.

El viaje de regreso a ti consiste en eso: en dejar de ser una esponja y aprender a reinar en el espacio que habitas

Ahora es tu turno: ¿Cómo fue tu última experiencia en un lugar lleno de gente? ¿Sientes que vas desprotegida o has empezado a notar los avisos de tu cuerpo? Déjame tu historia en los comentarios, este es un espacio seguro para validarnos y leernos entre almas sensibles. 👇💌

 Si estás cansada de que los entornos ruidosos te roben la energía te doy unas ideas en mi siguiente entrada del blog: Guía de protección para almas sensibles→

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